“Mijail”, le demandé, titubeando al librero, un personaje adusto, entrado en años, de aire poco ameno, y no muy puesto (ni dispuesto) en buscar libros “raros”, como él los llamaba. ¿Pero cómo se apellida tu ruso?...dudé… ¿Bulgákov? Al final, rebuscado en un anaquel polvoriento dio con un ejemplar del Maestro y Margarita, arrumbado en un rimero de autores, “invendibles”, se quejó. Pagué el óbolo y me llevé conmigo, en aquella mañana neblinosa, de chaparrón, aquel extraño artefacto literario cuyo mayor atractivo era para mí, en aquella ya lejana época, su título, reminiscencia del romanticismo germánico tan ligado a la lectura…