Este 8 de marzo, desde la CNT señalamos que la lucha feminista es una confrontación directa con un sistema que precariza la vida y se sostiene sobre la desigualdad. Más necesaria que nunca en un contexto de riesgo de involución de derechos, ultraderecha rampante y donde la reacción machista está mostrando que no tiene límites. Por eso llamamos a nuestra afiliación a participar en las convocatorias que haga el movimiento feminista para este 8M.

Además, ponemos sobre la mesa una cuestión más que evidente, que liga este 8M con la próxima Huelga General del 17 de marzo. En Euskal Herria, el aumento del coste de la vivienda, la energía, la alimentación y los servicios básicos no es una sensación, es una realidad que golpea cada día a la clase trabajadora. Pero no golpea a todas por igual. La precariedad tiene rostro de mujer.

Cerca del 67% de las personas que cobran menos de 1.500 euros al mes son mujeres. Casi una de cada tres trabajadoras se sitúa por debajo de ese umbral. No es casualidad. Es el resultado de una estructura económica donde los sectores feminizados concentran los salarios más bajos. Donde la parcialidad y la temporalidad afectan sobre todo a mujeres. Y donde el salario mínimo actual actúa como techo real en actividades con poca capacidad de negociación.

Con el salario mínimo actual, muchas mujeres siguen atrapadas en los sueldos más bajos.

La situación es todavía más dura cuando miramos el origen. Las trabajadoras migrantes cobran menos de media, además de ser mayoría en el empleo doméstico, los cuidados y otros servicios mal pagados. Cuando se cruzan género y origen, muchas quedan atrapadas en los empleos más inestables y peor remunerados. No son desigualdades aisladas: es una posición de mayor vulnerabilidad dentro del mercado laboral. Buscada y fomentada por las patronales, con la inestimable ayuda del Diálogo Social.

No podemos aceptar esto como algo normal; no podemos aceptar que haya sectores y personas destinadas a cobrar siempre menos.

Los datos son claros: los salarios más bajos están en el sector servicios, comercio y cuidados. En la industria, donde hay mayor presencia masculina, los salarios medios son más altos. Entonces la pregunta es inevitable: si el trabajo de cuidados es imprescindible para que todo funcione, ¿por qué es el peor pagado?

La respuesta está en cómo se organiza la economía. Mantener bajos los salarios en estos sectores reduce costes generales y sostiene beneficios. Un salario mínimo insuficiente como el actual refuerza esta dinámica: la diferencia entre lo que se cobra y lo que se necesita para vivir recae en gran parte sobre mujeres. Así, los sectores feminizados sostienen una parte importante de la riqueza que otros acumulan. Es un problema de reparto de la riqueza.

Además, el coste de la vida en Euskal Herria es superior al del conjunto del Estado. Mantener un salario mínimo uniforme ignora esta realidad y consolida la pérdida de poder adquisitivo. En los últimos años, los salarios han perdido peso en la riqueza total generada, y esa pérdida se siente primero en quienes están en la base de la escala salarial: mayoritariamente mujeres.

Por eso, este 8 de marzo también hablamos de condiciones materiales. De salarios de miseria, que son la base de esta economía.

Por eso este 8 de marzo también llamamos a la huelga general: exigimos un salario mínimo que garantice condiciones de vida dignas. Vemos esa jornada como una forma directa de actuar contra uno de los problemas que más precariza las vidas de las mujeres: los salarios bajos.

Actuar sobre el suelo salarial es intervenir directamente donde más se concentra la desigualdad de género.

El 8 de marzo visibiliza que la vida está precarizada. El 17 de marzo permite golpear uno de los engranajes que producen esa precariedad.

No son luchas separadas. Son momentos distintos de una misma pelea.

Hasta desbordar su mundo.

Organizadas. Juntas. Diversas