19/11/2020

Temerás al Dios del Prójimo

Escrito por Fernando García Regidor

"Dios es el amigo invisible que el ser humano creó en su infancia histórica" y "la mitología es una religión que ya no se practica" son dos frases que no son mías y que lamento no recordar de dónde las he sacado, pero creo que resumen a la perfección el fenómeno religioso.

Soy un ateo católico, ya que es esta la fe que me tocó mamar desde la cuna. Como dice un amigo y compañero mío, "soy ateo del Dios verdadero, que serlo de un falso ídolo no tiene ningún mérito". Pero a pesar de mi ateísmo furibundo, mi educación en la fe católica y mi interés por la misma me permite entender muchas cosas interesantes del arte, la Historia y la cultura. Soy, de hecho, un gran visitador de iglesias cuando puedo viajar algo por ahí. Pero a la religión le pasa un poco como a la magia, que cuanto más sabes de ella, con más facilidad le pillas el truco.

La inexistencia de Dios es perfectamente demostrable desde el estudio atento y crítico de las Sagradas Escrituras. La ecuación es muy sencilla: sólo sabemos de la existencia de Dios por medio de la Biblia, que según dicen, está escrita por manos humanas guiadas directamente por Dios. La Biblia está plagada de errores, contradicciones y disparates científicos. Dios, es perfecto e infalible, es decir, no se puede equivocar. Luego Dios no ha podido tener nada que ver con la escritura de la Biblia. Y ahora volvemos al principio: si sólo sabemos de la existencia de Dios por lo que cuenta de Él un libro que objetivamente es un fraude, Dios no existe. Sanseacabó.

(Lectura recomendada: "La religión al alcance de todos" de R. H. Ibarreta)

Y que nadie haga trampas. La carga de la prueba la tiene quien afirma la existencia de algo, no quien la niega. Esto vale igual para Dios o para los unicornios voladores de color rosa.

Pero esto no va de demostrar la inexistencia de Dios, que es tan facilón como zumbarse a Odín, a Zeus o a Quetzalcóatl. Esto va de la pretendida obligación social de respetar las creencias religiosas del prójimo.

Está socialmente aceptado que cualquier persona pueda ser públicamente criticada, zarandeada, ridiculizada e incluso humillada por su ideología política, gusto estético, afición deportiva o inclinación musical -por decir sólo cuatro cosas- pero en cambio, la cuestión religiosa es intocable. Nadie puede salir en un medio público diciendo que los cristianos, musulmanes o judíos son una recua de cretinos, porque creen en un hombre del espacio imaginario con superpoderes, que nos vigila hasta en el retrete y al que debemos obediencia ciega. No se puede decir que quien adora a una muñeca de escayola porque cree que tiene poderes mágicos o se pasea encapuchado y descalzo con un pelele hiperrealista ensangrentado y clavado a unos tablones es un solemne imbécil. Hay que respetarlo.

Sin embargo, si la misma persona sale vestida de drag queen en un desfile, si dice que cree en la colectivización de los medios de producción, en la independencia de la Alpujarra o en la supremacía de los bosquimanos, que se prepare, que va a llover.

Se empieza a hacer pesado tener que soportar a esa recua de imbéciles que tienen por afición llevar ante los tribunales a personas por cagarse en dioses inexistentes, pasear coños insumisos o montar txosnas blasfemas. Resulta también patético observar cómo jueces igual de imbéciles admiten a trámite sus querellas. Pero no sorprende, porque no dejan de ser franquistas irredentos los unos y herederos de la judicatura del régimen los otros. Existe una coherencia.

Lo que resulta lamentable es ver cómo hay voces desde la izquierda que afean las conductas “blasfemas” y reivindican respeto para los aficionados a las supercherías. Resulta especialmente repugnante que voces de izquierdas, ante los asesinatos perpetrados por ultraderechistas islamistas en respuesta a lo que ellos llaman “blasfemias” contra su absurda fe, lejos de criticar a los asesinos, hacen llamamientos a no provocar y a respetar al islam.

Todo, absolutamente todo, debe ser discutible, criticable y por qué no, ridiculizable. Y quien no esté dispuesto a aguantar que nadie ponga en cuestión su melonada particular, ya sabe, que no haga ostentación pública de ella. Que la guarde bien escondida en lo más recóndito y secreto de su intimidad. Como los demás hacemos con nuestras más oscuras e inconfesables parafilias.

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