04/04/2021

Sueños huecos

Escrito por H. V. Alonso

Nací en el 74. Siempre me gustó leer y también ver películas. Creo que algo realmente especial sucede cuando conectamos con el/la autora de una obra (por supuesto, esto ocurre con todas las disciplinas artísticas). Conectamos y sentimos que hay alguien ahí fuera que siente como nosotras, que sufre como nosotras, que ama como nosotras, en definitiva, que compartimos una mirada hacia el mundo, y nos sentimos menos solas.


En la obra del autor inglés William Nicholson Shadowlands, uno de los personajes proclama que ‘leemos para saber que no estamos solos’; y así es, pero no solo para eso. Leemos y vemos películas para aprender, para saber, para ampliar nuestro universo, a menudo finito y chiquitico. En ese tiempo dedicado a la lectura o al visionado de una peli, el ejercicio suele ser siempre el mismo: colocarse en la piel del otro, calzarse los zapatos de esa otra y caminar, dejarse llevar. Si hay suerte, ahí es donde comienza la magia, porque a continuación una plétora de personajes de todo tipo invade nuestra vida y pasan a formar parte de ella y en ocasiones, te acompañan para siempre. Además, las vivencias y emociones de esos personajes se sienten como propias y gracias a esa empatía somos capaces de llegar a sitios donde nuestro itinerario personal nunca nos llevará. Vivimos otras vidas, con lo que esto entraña de aprendizaje.


Sin embargo, ¡cómo no!, hay otra cara en la moneda; una que nos muestra lo que de negativo o no tan bueno tiene y que me lleva a reflexionar sobre algunas de nuestras conductas, expectativas y frustraciones. Creo que nos ocurre más con el cine que con la literatura porque está claro que es un arte más popular y más consumido, por razones obvias. ¿Cómo ha moldeado el cine nuestras vidas en algunos aspectos? ¿Cuántos deseos y aspiraciones que tenemos le debemos al cine?


Un ejemplo. Hace poco me acordaba de una compañera del instituto y de una conversación que tuvimos hace unos cuantos años ya… Ella era una mujer bastante despreocupada y segura de sí misma, fuerte y con personalidad. Me dijo en aquella conversación que una de las mayores ilusiones de su vida era casarse de blanco por la iglesia (no era creyente, o especialmente creyente, ya me entendéis) y celebrar un bodorrio que recordaría el resto de sus días. Por supuesto, después vendrían los babies y el vivieron felices y comieron perdices. Yo, la verdad, me quedé muy sorprendida. La primera razón es porque no me lo esperaba de ella y la segunda es porque no me podía creer que esto siguiese siendo un asunto tan importante para ciertas personas, sobre todo mujeres. Desde entonces y hasta ahora me he topado con bastantes casos parecidos a este. La historia se repite y sigo sin entenderlo. Soy consciente de que desde que somos peques nos cuentan cuentos donde la boda entre el audaz y apuesto príncipe y la hermosa y delicada doncella constituye el ansiado colofón. Así que vamos creciendo y llegamos a la adolescencia soñando con protagonizar nuestra primorosa historia de amor y nos imaginamos ese lugar especial, ese vestido maravilloso, esa velada inolvidable… En ocasiones hasta nos llegamos a imaginar a esa otra persona a la que nos uniremos para siempre, aunque esto es totalmente secundario. Atravesamos los años teen, seguimos construyendo nuestra identidad, nos convertimos en jóvenes adultas, estudiamos, trabajamos, tenemos relaciones, la vida nos da palos, perdemos la inocencia en muchos aspectos y crecemos y maduramos; nuestro enfoque de la vida cambia porque comprobamos que el mundo adulto es un ámbito complicado, duro, áspero y vamos caminando intentando no perder la esencia de lo que quisimos ser cuando éramos más jóvenes e idealistas, intentando no traicionar la pureza de nuestras mejores aspiraciones. Pero, súbitamente, para algunas, regresa ese deseo primitivo, muy cinematográfico por cierto, de que una tiene que vivir ese día que será el mejor de su vida. Y se ponen a ello. A veces en contra de lo que sus propias parejas desean. Y yo me pregunto, ¿por qué esa idea del amor romántico tiene tanta fuerza y tanto peso en las decisiones de tantas mujeres? ¿Por qué se nos quedan pequeñas tantas cosas según vamos creciendo porque entendemos el sinsentido que suponen pero permanecemos fieles a este circo de velos blancos y familiares disfrazados? ¿Por qué, de repente, nos convertimos en niñas irracionales que solo responden a un estímulo? Nos lo han metido ahí, bien dentro, lo tenemos codificado en nuestro ADN. Y siguen haciéndolo. ¿Quién está detrás? ¿Existe el lobby de la industria nupcial? Seguro que sí y es una filial del lobby de la industria cinematográfica. Toda la idea del romance en sí nos la han regalado desde las pantallas y la hemos aceptado.


Creo sinceramente que muchas de las ambiciones personales que tenemos no son nuestras, no son propias, sino impuestas, o mejor dicho nos han adiestrado para tenerlas. Todas esas series de televisión, películas, novelas (también ciertas revistas de mujericas) destinadas al gran público nos presentan estos momentos como necesarios para tener una vida plena y feliz. Pero ahí se quedan. No nos cuentan qué pasa después, cuando el día a día se impone, cuando el cansancio por las largas jornadas de trabajo te quita las ganas, cuando la rutina se hospeda en casa y el desgaste es un ingrediente más…


El cine —me voy a atrever a decir hollywoodense— nos ha transmitido una idea idealizada de muchas épocas de la historia; las edades clásicas, el lejano oeste, la edad media, y en algunos casos hasta ha frivolizado con ciertos temas y ha contribuido enormemente a los estereotipos de género y por supuesto al sexismo, y aunque afortunadamente desde hace algunos años todo esto está cambiando (sí, es verdad, siempre han existido roles femeninos fuertes también), lamentablemente durante mucho, mucho tiempo, ellos han sido protagonistas fuertes y aguerridos, dinámicos, independientes, autónomos y nosotras éramos secundarias pasivas, dependientes, sumisas, o simplemente pura decoración. No nos puede extrañar que se quiera ejercer control y dominio sobre las mujeres porque nos lo han vendido así, con papel y lazo rojo, o alfombra roja, como prefiráis. Hemos sido (y somos) frases subordinadas en oraciones meramente masculinas.


Pondré otro ejemplo del poder del celuloide. Los bailes de fin de curso. Nosotr@s no los tuvimos de ningún tipo. Pero desde hace ya un tiempo, el alumnado celebra terminar la E.S.O. con una ceremonia/fiesta para la cual se compran vestidos y trajes y van a la peluquería, al más puro estilo americano. Los progenitores emocionados sueltan alguna que otra lagrimita, sacan fotos entusiasmadamente y esa tarde-noche a sus retoños les permiten casi todo. Está escena se repetirá para algun@s cuando acaban el bachillerato. Horterada máxima.


Podríamos hablar también de los estereotipos estéticos que hoy en día —gracias al cine, publicidad y redes sociales— nos esclavizan a rendir un culto al cuerpo mayor que en ningún otro momento histórico. Según especialistas de la medicina estética, cada vez son más los y las jóvenes y adolescentes que acuden a ell@s con las fotografías de sus actrices y actores idolatrados o demandan operaciones para intentar parecerse a ese ‘yo digital’ idealizado de Instagram que se obtiene cuando aplicamos uno de los filtros disponibles; piel impoluta y sin imperfecciones, narices afinadas, labios voluminosos y jugosos, pómulos marcados… Aunque la más realizada es… ¡el aumento de pecho! ¿A qué no lo esperabais? Y sí, claro que existen actores y actrices que triunfan sin ajustarse a los cánones de belleza de Hollywood, faltaría más, pero la mayoría de los protagonistas son mujeres bellísimas y hombres buenorros y guapos, vamos, de esos que se ven por las calles a cada paso que damos.


No tengo la clave para abstraernos de esto, ¡ojalá! Supongo que deberíamos dudar mucho y preguntarnos siempre, ¿qué quiero?, ¿por qué lo quiero? y ¿para qué lo quiero? Me satura y me preocupa tanta estulticia y tanto postureo y la propensión cada vez mayor que se tiene a seguir perpetuando ciertas conductas. No deberíamos preocuparnos tanto por las apariencias porque difícilmente nos procurarán un bienestar real. Pero, ladies & gentlemen, como bien decía el clásico musical y la magnífica canción de The Jam... That ́s Entertainment!, esto es solo entretenimiento, espectáculo, diversión… ¿o no? Quizá sea algo más, y nos venga bien recordar que la vida es otra cosa y que los sueños huecos, sueños huecos son. Sobre todo, los sueños americanos. Llenemos nuestra existencia de esa primera clase de historias y quedémonos con ellas; las profundas, las que nos tocan el alma y nos hablan directamente al corazón, las que nos emocionan por las razones correctas, las que denuncian, las que nos hacen pensar, las que nos muestran realidades que nos son desconocidas, las que dejan de lado la superficialidad y la frivolidad… Pero si alguna vez nos apetece algo más trivial, más ligero e intrascendente, que de hecho sucede porque no siempre nos encontramos en modo ‘voy a volver a verme el ciclo de Truffaut o la obra maestra de Dreyer’, seamos capaces de ver la diferencia y no dejemos que timoneen nuestra voluntad.


Acabaré con Saramago y su siempre clarividente lucidez: “No nos importa vivir en la basura, porque salimos a la calle perfumados”. Pues eso, perfumémonos porque el espectáculo debe continuar.

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