10/03/2021

La niña que no sabía que tenía alas

Escrito por Inma Iglesias Guerra

Érase una vez una niña que nació como nacen miles de personas todos los días. Nació en una ciudad normal, en una familia normal, en un entorno normal…en principio nada destacable, los ingredientes necesarios para tener una vida normal. La niña nació con unas pequeñas alitas pegadas a la espalda; pero eso tampoco era destacable, puesto que todas las personas nacen así, con unas alas pegadas a la espalda y que a lo largo de la vida se irán o no, desplegando. Y digo se irán o no, porque las personas no saben que nacen así; esas alas solo se despliegan si la persona quiere abrirlas, y el primer paso para ello es saber que las posee.

La niña crecía sana y feliz, y sus alitas se estaban empezando a despegar del cuerpo, ya era capaz de elevarse un poquito, pero ella no era consciente porque no sabía que tenía alas; nadie se lo había dicho, quizás porque los demás tampoco sabían que las tenían.

El primer día de colegio, sus padres la acompañaron hasta la puerta, ella estaba feliz, sentía que era mayor, libre y responsable; así que cuando se despidió de sus padres en la puerta, subió volando las escaleras hasta el aula, tenía las alas muy desplegadas; pero ella seguía sin saberlo. El problema fue que el día no resultó como ella esperaba, la profesora no la dejó hablar en clase, no la dejó terminar su dibujo porque estaba gastando demasiadas pinturas según ella, y luego en el patio otras niñas más mayores se burlaron de la ropa que llevaba y no la dejaron jugar con ellas. Cuando terminó el día sus alas estaban totalmente pegadas a la espalda de nuevo, era incapaz de volar ni un poquito.

Sus padres fueron a buscarla y ella les contó cómo había sido el día; se sentía agotada, al no poder abrir las alas, moverse era mucho más agotador…pero ella seguía sin saber que tenía alas, y nadie se lo decía…

Los años de colegio pasaron rápido, la niña era lista, tuvo amigas y amigos que creyeron en ella y no la juzgaron, tuvo quien la enseñó bien y sus alas se fueron abriendo, lo que la permitió llegar a muchos lugares interesantes, conocer a personas interesantes y hacer cosas interesantes, esto hizo que sus alas se fueran abriendo cada vez más, aunque ella seguía sin saber que las tenía, y nadie se lo decía…

Cuando llegó su primer día de universidad, el miedo y la inseguridad hicieron que sus alas se volvieran a pegar un poco, sintió cansancio y falta de entusiasmo, sintió ansiedad y ganas de correr hacia un lugar seguro; ella no sabía que esa sensación se debía a que no había sido capaz de mantener sus alas bien abiertas; aún tenía mucho que aprender. Durante los años de universidad consiguió hacer buenas amistades, personas que volaron con ella hacia momentos de libertad casi total, en los que pudo ser ella misma y defender su esencia, pero también conoció personas que no sabían volar y que no soportaban que otras personas volaran a su alrededor, personas que intentaron cortar sus alas, que sólo fueron capaces de señalar sus incapacidades y de atacar sus partes más vulnerables. Ella se sentía mal con ese tipo de personas, pero no sabía que querían cortar sus alas, porque seguía sin saber que las tenía, y nadie se lo decía…

Los años fueron pasando, terminó sus estudios y se enfrentó a la vida adulta con sus alas abiertas, pero la vida adulta es un territorio complicado para volar, hay muchas tormentas, muchos muros difíciles de sobrevolar y muchos seres oscuros disfrazados de personas normales. Ya no estaba en su zona de confort, protegida por sus padres; a veces llegaba a casa con las alas totalmente cerradas y la sensación de agotamiento e infelicidad que ello suponía. A veces se le cerraban las alas ante personas oscuras y sentía la terrible sensación de caerse al vacío, de querer huir pero no saber cómo… porque seguía sin saber que tenía alas, y nadie se lo decía…

Un buen día conoció a un ser mágico, o al menos a ella se lo pareció, era una persona con alas, sí, sí, con alas…unas alas enormes y preciosas que le otorgaban una belleza impresionante. A ella le parecía espectacular el que una persona fuera por la vida con unas alas tan bonitas abiertas de par en par; pero también se dio cuenta de que había otras personas a las que esas alas les asustaban, ella intentaba explicarles que no había de qué asustarse, que esas alas no hacían nada malo…al contrario, aparte de darle una luz especial a todo lo que estaba alrededor; permitían, si te agarrabas bien a ellas, que también pudieras elevarte. Esta persona le regaló un libro que se titulaba “La niña que no sabía que tenía alas”, y cuando nuestra niña terminó de leerlo fue cuando supo que ella también tenía alas y cuando comprendió por fin que ella era la única que debía decidir si quería abrir o cerrar sus alas.

Aunque también comprendió que había algo aún peor que las personas que se asustaban de las alas de los demás, y eran las personas a las que esas preciosas alas les molestaban, las personas que se sentían ofendidas porque otras personas volaran. La niña no entendía nada; las personas que se asustaban le producían cierto sentimiento de lástima, incluso de ternura. El miedo casi siempre nos paraliza antes de alcanzar nuestros sueños; y ella a veces se lo explicaba a amigas que aún tenían miedo, les prestaba el libro de “La niña que no sabía que tenía alas” para que entendieran lo que ella había tardado años en entender; aunque no siempre eso valía para que el miedo desapareciera.

Pero las personas ofendidas y molestas eran otra cuestión mucho más peligrosa, porque lo que realmente querían era cortar las alas desplegadas de todos esos seres voladores y libres que habían descubierto que eran dueños de sus propias alas; querían teñir de gris el mundo porque sus miradas limitadas no alcanzaban a ver que existen otros muchos colores. Eran seres que negaban la existencia de alas, nunca nadie había tenido alas y no iban a tenerlas ahora; eso de volar solo podía traer cosas malas, así que lo que no podían controlar era mejor cortarlo de raíz.

Así que la niña tomo una decisión muy radical respecto a estos seres grises y castrantes, no quería a nadie así cerca; comprendió que no todo el mundo quería leer “La niña que no sabía que tenía alas” y lo aceptó; pero también decidió que a ella la tendrían que aceptar con sus maravillosas alas desplegadas volando libre y eligiendo ella y solo ella el momento de cerrarlas, de cambiar de aires o de volar en otras direcciones.


FIN

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